EL PLAGIO ACADEMICO

 

Miguel Angel Ramirez

Prefacio del autor

«Escribí este ensayo en mayo de 2022, antes del estallido público de la Inteligencia Artificial generativa. Al releerlo hoy, compruebo que la Inteligencia Artificial no inventó la crisis del plagio ni la deshumanización de la tesis; simplemente automatizo y masificó la 'industria del todo menos tesis' que ya denunciaba en aquel momento. Actos punitivos como, combatir el fraude académico con software detector fue insuficiente en 2022 y lo es hoy ante los algoritmos. La solución no es la prohibición, sino transformar la universidad para aceptar sus errores y avanzar a partir de ellos con transparencia y ética, al estudiante tratarlo desde la andragogía, la investigación transversal y la Mayéutica Digital.»

Hablar de plagio académico desde cualquier óptica es asociarlo a un problema existente, del cual se habla mucho; se ha escrito bastante al respecto e incluso existen instrumentos legales en distintos países del mundo para minimizarlo y tipificarlo como delito. En la actualidad, el plagio sigue avanzando, especialmente en los países iberoamericanos, donde sus consecuencias se han hecho públicas. Se han denunciado casos de figuras públicas, como presidentes y altos funcionarios gubernamentales, que han plagiado sus investigaciones o trabajos de grado para obtener títulos. También se registra el caso de profesores que han sido expulsados de sus instituciones por cometer plagio.

Ahora bien, este flagelo tiene consecuencias no solo académicas y personales, sino también sociales. Se espera que un estudiante, a través de lo aprendido mediante la enseñanza, la investigación y la elaboración de un trabajo de grado o proyecto, adquiera habilidades y destrezas para resolver los problemas que se le presenten en su vida profesional y personal.

Con respecto al plagio, cuando uno lee lo que se escribe, se abordan las perspectivas del docente, del estudiante y los aspectos legales, pero poco se habla de la universidad, de por cuáles razones se genera y cuáles son sus causas reales. Al indagar, se consiguen muchas posturas; muchos expertos hablan del tema, pero poco se escucha sobre el origen de estas conductas. Si nos preguntamos por qué el investigador o el estudiante no escribe ni investiga, encontramos que una de las primeras causas es el temor para redactar sobre lo que se piensa y se siente. En primera instancia, una de las grandes debilidades es que el alumno llega a las instituciones universitarias sin conocimiento alguno sobre la escritura académica.

Si vamos más allá, es evidente que existen deficiencias significativas en la lectoescritura del estudiante que ingresa a la educación superior. A esto se suma que, en la educación intermedia (entre la escuela básica, la primaria y la superior), los impulsos pedagógicos para acercar al estudiante al área científica y a los procesos de ejercicios académicos son prácticamente nulos. Por supuesto, algunos llaman a esto «proceso de alfabetización académica o de investigación», el cual casi no existe en la educación media.

Si nos centramos en el entorno universitario, hablar de plagio es hablar de cometer actos antiéticos y penados por la ley. Se incurre en esta falta cuando se presenta un trabajo que uno no realizó, ya sea porque se copió directamente o porque no se supo distinguir que se estaba tomando información ajena y haciéndola pasar como propia. Es bueno destacar que existen debilidades con respecto al conocimiento de las normas exigidas para la presentación de un trabajo de grado. Aquí resulta interesante cuestionar qué ocurre con la enseñanza de la metodología de la investigación: lo primero es que, en la mayoría de los institutos de educación superior, esta enseñanza no se imparte de forma transversal durante toda la formación académica, sino que se limita a pocas materias o unidades curriculares, por lo general al principio de la carrera.

Asimismo, este aprendizaje suele verse desde la pedagogía tradicional, donde el docente es el todopoderoso, el catedrático que lo sabe todo y debe inculcar su conocimiento a un estudiante que ya se encuentra en una etapa de madurez distinta. Por su edad y facultades, el alumno universitario debería ser abordado desde la andragogía. Esta ciencia estudia los procesos de aprendizaje de los adultos; la diferencia radica en que el estudiante es visto como responsable de su propio proceso de aprendizaje, mientras que el profesor actúa como un facilitador.

En este enfoque, el docente ya no posee el poder absoluto del pedagogo, y el estudiante asume la responsabilidad de su formación. Esto significa que deben establecerse acuerdos mediante el diálogo sobre cómo, cuándo, dónde y bajo qué características se realizarán las evaluaciones. El profesor debe entender que ya no posee la cuota de poder tradicional y que, si bien todos somos responsables del proceso de enseñanza-aprendizaje, la mayor responsabilidad recae en el estudiante. Intentar ver y cambiar esto modificaría radicalmente la óptica de cómo se imparte la metodología de la investigación.

Actualmente, al ser vista de forma aislada y en un tiempo reducido, la investigación se presenta como algo que debe cumplirse «sí o sí» como un requisito obligatorio para entregar un trabajo escrito. Al no tener una estructura integrada dentro del currículo —donde el alumno elabore de forma permanente pequeños textos académicos que lo vayan formando a lo largo de su carrera—, el estudiante se ve severamente impactado. Al carecer de la formación base mínima necesaria, todo el proceso se le hace cuesta arriba.

Los estudios apuntan a que esto genera un rechazo natural hacia el docente, hacia la investigación académica y hacia la redacción, provocado por el desconocimiento y por no haber sido formado previamente en estos elementos. Al exigírsele todo esto al final de la carrera como requisito de egreso, las consecuencias son claras: primero, se produce una negación absoluta a elaborar proyectos de investigación y a redactar; segundo, el estudiante cae en la llamada «industria del todo menos tesis» (conocida también por algunos como el síndrome de la tesis comprada).

Las instituciones de educación superior saben que esta industria existe y que, en muchas ocasiones, es promovida por personas que laboran dentro de las mismas universidades, pero poco se hace al respecto. La postura institucional se ha convertido en algo punitivo más que preventivo. Se suele decir que la solución es aplicar un software anti-plagio, pero el problema no se resuelve solo con detectarlo mediante herramientas tecnológicas; se trata de analizar qué pasó antes. ¿Por qué el estudiante comete plagio? ¿Por qué la universidad no ha convertido la investigación en un eje transversal? ¿Por qué se odia tanto al docente de metodología?

Todo esto debe ser investigado y tomado en cuenta por la universidad, en lugar de convertirse únicamente en un ente sancionador. La universidad tiene una gran cuota de responsabilidad. Ahora bien, ¿basta con sancionar y emitir decretos punitivos? ¿Por qué la institución no se autoevalúa para aplicar los cambios necesarios que detengan esta problemática? ¿Por qué no se estudian todas las dimensiones del plagio para abordarlo con un propósito fundamentado?

El plagio es responsabilidad de toda la comunidad universitaria. Si se sigue viendo como un problema aislado, seguirá alimentando a una industria multimillonaria (la del «todo menos tesis»), por algunos, llamado: síndrome del todo menos tesis, que se aprovecha de las debilidades formativas del estudiante. Debido a una debilidad en su formación académica, a la necesidad de egresar y a la premura de entregar un trabajo no realizado, muchos recurren a estas redes para comprar investigaciones hechas, las cuales en su mayoría son plagiadas. Al final, presentan el trabajo y se gradúan, pero ¿cuáles son las características de un ciudadano que plagió su tesis?

En primera instancia, es un ciudadano que presenta problemas éticos y morales. En el campo profesional y académico, siempre estará bajo sospecha y cuestionamiento. Si por casualidad le toca ser responsable de enseñar metodología de la investigación o de guiar procesos científicos, arrastrará consigo las mismas debilidades. Es muy difícil que pueda orientar a otros si él mismo no realizó su propia investigación. La sociedad debe exigir a la universidad que tome cartas en el asunto desde adentro, no solo desde una perspectiva punitiva, sino transformándose para desarrollar las herramientas necesarias para formar al docente y a los estudiantes como investigadores a lo largo de toda su carrera. Es increíble que a un alumno se le exija elaborar un artículo científico al final de su carrera si nunca se le enseñó a hacerlo desde el principio; y esa es una labor que le corresponde enteramente a la universidad.

 

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