ESCUELA DE POBRES PARA POBRES: BREVE HISTORIA DE MI EDUCACIÓN
Hablar de educación es un asunto
tan sencillo como complejo. Por eso prefiero abordarlo desde la memoria: la
historia de un niño y su escolarización en la Venezuela de los años setenta.
Aquel niño vivía en un barrio
humilde, producto de una invasión en una ciudad del centro-norte costero.
Estudió la primaria en una pequeña escuela de pasillos angostos, con algunos
árboles, patios que conectaban las aulas y una mal llamada «cancha de usos
múltiples» semidestruida.
Allí transcurrió su infancia, en
aulas bulliciosas equipadas con pupitres indestructibles de madera y metal. La
rutina consistía en verle la espalda al compañero de enfrente, atender a la
gran pizarra verde y convivir con la tiza y el borrador —aquel que esparcía su
polvo blanco por el salón y que, en ocasiones, volaba como proyectil
tranquilizador cuando la clase se salía de control—.
Las maestras intentaban mantener
el orden a su manera. El niño recuerda a la que castigaba la palma de la mano
con una regla de madera; a la que utilizaba el grito como herramienta de
control; y a aquellas que, con trato amable y ternura, equilibraban la vida
escolar. Entre el calor tropical del aula, el recreo era el momento maravilloso
para ser niños: correr, subirse a los árboles en busca de mangos o mamones para
acompañar la arepa con queso y el vaso de leche escolar —a escondidas de las
maestras—, y jugar metras, escondite o la semana.
Con el tiempo, la escuela fue
creciendo y quedándose sin patios ni árboles. Ocurrió lo inevitable en un
barrio: se crece por pura necesidad, sin proyección urbanística ni de
servicios, solo para intentar responder al crecimiento desproporcionado de la
población. Esa respuesta pobre e inadecuada se implementó sin pensar en la
realidad ni en las necesidades del estudiante, del docente o de la familia.
En los años setenta, las escuelas
públicas de los barrios venezolanos se construían con la menor inversión y la
menor cantidad de recursos posibles. Cumplían una función utilitaria básica:
formar a los futuros obreros de la nación. Un aula, un maestro y unos pupitres;
no importaba el ambiente, la temperatura, la ubicación ni el bienestar. Pasábamos
cinco o seis horas viendo la espalda del compañero y esperando que el maestro
nos permitiera hablar. Hablar a deshora conllevaba el riesgo del castigo.
Para un niño pobre, estudiar allí
lo era todo. Sin embargo, esa escuela deficiente pertenecía a un país
petrolero; un Estado que invertía muy poco en educación básica y media, pero
que se daba el lujo de financiar becas para que algunos estudiaran en las
mejores universidades del mundo. Muchos no regresaron; y quienes lo hicieron,
no contaron con un plan estatal para aplicar los conocimientos adquiridos. El
experimento fracasó. Esa brecha abismal entre la escasez de la educación básica
y la opulencia de ciertos programas superiores creó un vacío gigantesco que
terminó convirtiéndose en la ruta hacia el desastre.
En ese vacío creció aquel joven.
Más tarde continuó sus estudios en una Escuela Técnica Industrial de
infraestructura completa pero vacía por dentro, carente de recursos económicos.
La palabra «comedor» le quedaba grande: servían siempre la misma comida humilde
que las cocineras preparaban con amor, aunque casi nunca alcanzaba. Era comida
pobre para pobres en un país rico.
Cuando hoy nos preguntamos por
qué transitamos de la democracia a la dictadura a finales del siglo XX, debemos
buscar los orígenes en esa escuela pobre y deshumanizada. Allí se incubaron
resentimientos hacia un Estado todopoderoso y sumido en la corrupción, el
clientelismo político y el bipartidismo que dilapidaba los recursos públicos.
Se manejaron inmensas riquezas,
pero se abandonó la educación como entidad social formadora de ciudadanos. Era
una escuela donde no se hablaba ni se vivía la democracia; lo único importante
era aprender a leer y escribir para ser un trabajador útil. Cuando esos valores
se perdieron, la sociedad quedó a la espera de un mesías. Y ese mesías
apareció, creció y aprovechó el rencor acumulado para convertirse en el
dictador que destruyó al país.
Renaceremos de las cenizas, pero
el nuevo país requerirá un sistema educativo que aprenda de los errores del
pasado: el caudillismo, la corrupción, el nepotismo, el clientelismo, el
despilfarro y las políticas de «masificación» que en realidad solo repartían
migajas.
Entre 1958 y 1998, la educación
básica y media se nutrió solo de despojos. Se privilegió a unos pocos y se
postergó a las mayorías. Se sembró el resentimiento, se perdió la democracia y
hoy pagamos un precio muy alto por ello.
La reconstrucción nacional exige
entender que no necesitamos formar simples mano de obra, sino ciudadanos
íntegros, demócratas, con valores éticos, arraigo y sentido de patria. La
educación no debe estar al servicio del poder de turno; es un derecho, un deber
y una responsabilidad compartida por toda la sociedad.
- ¿Qué recuerdos tiene de su educación primaria y
cómo cree que moldeó su visión de país?
- ¿Cuál considera que debe ser el primer paso para
reestructurar el sistema educativo nacional?
Dr. Miguel Ángel Ramírez
Voy a opinar sobre lo escito, pero antes hay que ponerle nombre al personaje y al lugar.
ResponderBorrarAl personaje, su mamá lo llamaba Miguelito y el lugar Zona Industrial San Vicente, en Maracay.
Quiero aclarar, en mi concepto, que, en cuanto a las Aulas, lo que hay es FORMACION ACADEMICA, porque la EDUCACION en el sentido real del término tiene que ver con VALORES y la responsabilidad de ello está en casita.
Volviendo a tu escrito, tienes razón en lo que escribes, es triste pero es verdad que en una Venezuela Saudita, que tuvimos, bicomandada o bigobernada, había solo dos corrientes políticas igualmente diferentes que se acomodaban en conchupancia pseudosociopolítica.
Dos corrientes que solo se acordaban de "Juan Bimba" (AD), campesino venezolano, y/o Aleida Josefina (COPEI), personaje de Caucaguita, en tiempos preelectorales y electorales, luego de ello, esos dos emblemas utilizados por AD y COPEI eran llevados al rincón de la basura hasta la siguiente ocasión quinquenal.
Pero aún así nos vimos obligados a formarnos porque no había otra salida que, o ser un excelente empleado de una gran empresa o un obrero rendidor de una fábrica, pero con beneficios paupérrimos que apenas alcanzaban para el dia a dia y ajustadito. Y nosotros hemos sido ficha o peones de ese tableto de juego de ajedrez.
Actualmente tenemos una deficiencia monstruosa en la EDUCACION, ya que quienes deben hacer el trabajo, papá y mamá, en su mayoria estan formando a los hijos con pocos o nada de Valores al considerar, que hacerles este tipo de exigencia necesaria, sobrepasa la capacidad de ese aprendizaje necesario resultando que a mediano plazo y a temprana edad lo que han "fabricado" es una carga social.
Debo concluir en decir que el correctivo a este DESASTRE EDUCATIVO comienza en casa, pero ahí esta el cuello de botella o el nudo social...pero ¿quie lo desenrreda?...y es la paradoja del HUEVO Y LA GALLINA...¿QUIEN FUÉ PRIMERO?
SALUDOS
Leer sobre la educación de los años 70 y 80 en Venezuela despierta una mezcla inevitable de nostalgia y confrontación crítica. Es cierto que recordamos con cariño los uniformes, la disciplina de los docentes, los cuadernos ordenados y esa sensación de que el aula era el centro de la comunidad. Sin embargo, al mirar el presente, se vuelve obligatorio hacernos la pregunta difícil: ¿realmente nos prepararon para construir y sostener un país?
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