EDUCACIÓN SIN APRENDIZAJE

 

EDUCACIÓN SIN APRENDIZAJE

 

 La mayoría de las comunidades educativas no se imaginaban lo que estaba ocurriendo cuando apareció el Covid-19, en enero del 2020, en marzo se inició la cuarentena mundial progresiva como respuesta preventiva y tanto el estado como las escuelas solo atinaron a aceptar el inevitable confinamiento.

En el caso de Venezuela, el año escolar ya estaba rumbo a su segundo periodo académico y con mucho tropiezo e improvisación se logró culminar, estos tropiezos están referidos a: Un sistema educativo desactualizado y descontextualizado de la realidad del estudiante y el docente, así como apartado de su realidad como nativo digital y de la familia.

Las instituciones educativas a nivel general habían realizado muy poco en cuanto a la enseñanza no presencial, a distancia, híbrida y en línea: por factores económicos, sociales, académicos y gubernamentales (En Venezuela existe un férreo control del estado al sistema educativo).

El resultado es muy difícil de evaluar, pues los docentes, en su gran mayoría, son analfabetas tecnológicas, carecen de equipos y formación en manejo de equipos y sistemas de información, aún más de sistemas educativos no presenciales.

 Esta situación se le suma el éxodo de jóvenes docentes debido a las condiciones socioeconómicas del país: hiperinflación, bajos ingresos, corrupción, delincuencia en sus más altos niveles y pobreza extrema.

Esta fuga de educadores fue medianamente suplida por personal jubilado, retornando a labores educativas con el ya mencionado analfabetismo como debilidad, a eso debemos sumarle los bajos sueldos de los docentes a todos los niveles educativos y las fallas continuas en los servicios públicos entre los cuales está el acceso a internet.

A nivel familiar la situación se tornó aún más complicada, pues los padres y responsables se vieron de repente en la función del docente de un día para otro sin preparación previa, esto desequilibro el entorno familiar, generando tensión, sumado a eso la deficiencia en el acceso al servicio de internet, la falta de equipos de computación, la necesaria reorganización de espacios y tiempos para estudiar y trabajar en casa.

 Al escenario ya complicado en la familia se suman dos ingredientes que complicaron la situación: los maestros enviaron el mismo contenido curricular diseñado para una educación presencial, con una cantidad de horas al día de contacto con el docente para ser realizada en casa, se exigió a la familia el fiel cumplimiento de la cantidad de tareas en fecha asignada.

Este contexto inesperado para todos, la falta de preparación y planificación, abrumó a la familia y convirtió la palabra tarea en un suplicio familiar, así comenzó la verdadera crisis silente, se supone que las asignaciones o tareas escolares son para reforzar lo aprendido en clases, ¿cómo hago ese reforzamiento si no me acerque primero al material bajo la tutela del docente? ¿Cómo ejerce la función docente un padre o representante si carece de esa formación académica?

 Si le sumamos esto al confinamiento, se presentan todos los ingredientes para el caos en el seno de la familia. Si el representante es docente, su vía crucis no es menor, pues debe responder a sus alumnos y su entorno familiar sin saber cómo.

 En medio de todo esto está el alumno, de un día para otro le dijeron que ya no iría más a la escuela para cuidarlo del COVID-19, para ellos lo primero fue: ya no compartiré más con mis compañeros y mi maestra, generando frustración y desconcierto, pues no sabía cómo encarar esta nueva situación.

Es aquí donde se inicia el momento más traumático para todos, pues reina el caos y la incertidumbre, las directrices que reciben los docentes es enviar a los alumnos las tareas por el medio que puedan, de un día para otro bien, sea por correo, grupos de WhatsApp, mensajería de texto, copia del cuaderno de la maestra, la familia recibe las tareas y empieza el desconcierto.

Mientras, al estudiante se le exigen las tareas sin previa explicación del contenido, sin selección ni adaptación de los contenidos, sin formación mínima de los padres, solo se les exigió cumplir la fecha de entrega, esta peligrosa mezcla provocó desconcierto y desmotivación en la comunidad estudiantil y en especial en la familia, dejando el aprendizaje a un lado.

El hogar se convirtió en una zona de batalla, por la escasez de recursos y servicios, el desconocimiento de cómo manejar la situación, (pues algunos padres también tenían que ajustarse al teletrabajo) y mucho menos de cómo enseñar. Todo se basó en el cumplimiento del programa actual presencial en el tiempo ya establecido, sin tomar en cuenta que se había cambiado a una modalidad desconocida para la mayoría.

El corolario fue una desesperación de la familia para cumplir las exigencias de las tareas enviadas por los docentes: los niños asustados y estresados pasaban largas jornadas, copiando, haciendo tarea, con la ayuda de su familia y sin recibir retroalimentación alguna, ya que lo importante era enviarla para cumplir con la fecha y el programa, la deserción escolar ya era un problema ¿y ahora? ¿Dónde queda el aprendizaje? ¿Hubo aprendizaje?, habrá que valorar a largo plazo lo ocurrido

Una vez culminado el año escolar y ante la continuación de la cuarentena se esperaban cambios relevantes y respuestas acertadas por parte del estado en función de lo vivido y aprendido en el año anterior, se esperaba que el nuevo año escolar trajera cambios valiosos ante la continuidad de la pandemia y el confinamiento.

Se requería minimizar el impacto y valorar en toda su magnitud la experiencia, como resultado el estado tomo algunas acciones, las instituciones y algunos docentes por su propia cuenta accedieron a formación disponible en línea (MOOC y otras de acceso restringido al pago), en cuanto al aprendizaje a distancia, en línea, no presencial.

Algo importante se dejó por fuera:  los programas seguían siendo los mismos diseñados para la educación presencial, y no puedes trasladar toda el aula presencial al aula no presencial, algunas instituciones de educación privada fueron un paso más adelante e implementando aulas virtuales (Sistema de gestión de aprendizaje), crearon grupos de WhatsApp, Telegram, canales de YouTube entre otros.

Buenos intentos, más no solo se trata de montar una plataforma de aprendizaje y llenarla de contenido, ¿Dónde está la formación a docentes, padres, alumnos y representantes en cuanto al uso de la plataforma? No se trata de grabar un video de una clase y ya (dando la espalda a la cámara, con poca iluminación, escritura poco legible, cámara mal enfocada, hablando a la pizarra).

El modelo educativo en línea e hibrido tiene sus propias características y son más que un vídeo educativo, tiene sus técnicas específicas mínimas si se quiere alcanzar el fin último: transmitir información que motive inicialmente, que capte la atención del alumno, motive a investigar y que deje aprendizaje, existen metodologías variadas en torno a este tema, pero tiene que haber formación previa y fue poca o inexistente.

La experiencia de la educación durante la pandemia puede ser el punto de quiebre esperado y necesario para cambiar un modelo educativo que ya es inútil al estudiante y a la sociedad ante esta interesante situación surgen algunas interrogantes: ¿Está la sociedad preparada y dispuesta al cambio?, ¿los centros de poder cederá ante las necesidades de la sociedad? Urge el diálogo abierto, el consenso y la adopción de cambios, pues los estudiantes lo demandan y lo necesitan.

Te invito a estar en desacuerdo con este escrito pues solo representa mi opinión.

 


 

 

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